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Monólogo del silencio, por Joaquín Pertierra
Yo no busqué al silencio. El silencio me buscó a mí.

Pero ignoro cuándo, no recuerdo el momento preciso, ni la manera en que llegó. Simplemente, un día estaba ahí. Un día yo podía sentirlo, percibir sus movimientos, intuir su mirada. Y escucharlo, escuchar sus palabras.

Ocurrió, y entonces, al principio, fue todo confusión. Pensé que alucinaba, que solo podían deberse a alguna forma no catalogada de locura mis percepciones extrasensoriales, mis resueltas intuiciones, mis visiones del vacío, tan certeras. Pero poco a poco logré convivir con ello, volverlo a mi favor, o al menos impedir que se volviera en mi contra. También le perdí el miedo. Perder el miedo es esencial para vivir. Así, al perderle el miedo a las palabras del silencio, fue todo más fácil. Hoy, me resulta tan cotidiana y normal la convivencia con el silencio que forma parte de mí, como tener una estatura o un biorritmo determinados. Hoy me pide mi hijo que escriba unas líneas para resumir cómo es convivir con el silencio.

Y voy a ser muy breve. Tal vez hace años habría caído en la tentación de contar cosas que me ocurrieron por causa de mi don, percepciones ocultas que gracias a él descubrí en la gente, luces y oscuridades del ser humano. Pero, dado que ya sumo bastantes años, es decir, que me creo maduro y reflexivo, voy a reducirlo a lo principal, como seguramente deberíamos hacer siempre con todo, y no solo los viejos.

La gente, cuando explico mi relación con el silencio, espera que a continuación vengan grandes historias de las que yo hubiera sido testigo, historias tipo la de Moby Dick o Jekyll y Hyde. Y sin embargo, casi todo lo que me ha dicho el silencio es menos extraordinario. Me recuerda a un viejo pergamino que hallaron hace años. Tenía siglos de antigüedad, y todo el mundo dio por supuesto que narraría crímenes sucesorios o tremendos secretos políticos. Y, sin embargo, una vez descifrado, solo contenía una receta para aprovechar los melocotones maduros haciendo una especie de compota.

Una vez fui a París con Teresa, mi esposa que en paz descanse. Debían de ser los años cincuenta, tal vez cincuenta y siete o cincuenta y ocho. Teresa se empeñó en acudir a un concierto del mítico Leo Ferré, quien, en vez de cantar sus canciones más conocidas o lo que el público esperaba, se lanzó a una serie de monólogos musicalizados oscuros e introspectivos. Sentí gran decepción, pero años después comprendí que esa es la expresión máxima de un artista: cuando habla para sí mismo, ajeno a todo lo demás. Con el silencio pasa igual. Por ello, no voy a resumir cómo he convivido con él mediante relatos tremebundos, sino a través de la enseñanza más simple e importante:

Para mí, escuchar al silencio quiere decir escuchar al otro, ponerse en su lugar, tratar de comprenderlo para, desde ahí, resolver con la palabra los conflictos que hayan podido surgir.

Aquel día de París, al acabar su extraña actuación, Ferré se levantó y se fue sin más. Yo, que he escrito esta página porque me lo ha pedido mi hijo, hago lo mismo. Me levanto. Y me voy.
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