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I.- Anónimo, USA. 14 de julio de 1951
(Nota de Joaquín Pertierra: la persona que redactó esta carta, probablemente la citada Elisabeth o alguno de sus descendientes, la fechó el 14 de julio de 1951 por la importancia simbólica del aniversario que representa, y que se verá a continuación.Debo advertir al lector que en realidad recibí la carta, remitida desde la ciudad de Nueva York, en febrero de 1967. En 1951 yo aún estaba lejos de exponer en público mi relación con el silencio, y por tanto es imposible que Elisabeth hubiera oído hablar de mí. Pero he respetado aquella fecha por respeto a ella y al misterioso personaje que a través de ella relata su historia, personaje cuya identidad he creído llegar a descubrir siguiendo el hilo de los escasos pero sustanciosos datos reales que da sobre sí mismo. No obstante, prefiero guardarme mi sorprendente conclusión, aunque invito a quien esto lea a seguir los pasos deductivos que yo di).

El criminal siempre paga, mister Pertierra. ¿No es eso lo que hemos oído desde siempre? Estoy en dramática disposición de asegurar que es cierto, aunque me gustaría añadir algo a esta sentencia. El criminal siempre paga, sí. Pero el precio es altísimo. Altísimo. Altísimo... 

Durante una corta época de mi vida, hace mucho tiempo, más de setenta años, asesiné a muchas personas, ignoro el número exacto, aunque los rumores me adjudicaron "más de veinte hombres, sin contar indios y mexicanos". Mi revólver fue tristemente famoso, y mi apodo llegó a ser tan popular en el mundo entero, y lo es aún hoy, que seguramente usted, si se lo nombrase, arrojaría este papel a la basura sin miramientos, incrédulo ante mis palabras.

También deseo hacer una aclaración antes de entrar en materia: puede que le sorprenda mi fácil escritura, la correcta redacción de mis frases, mi vocabulario. Ello no se debe a la lamentable educación que recibí de niño, insuficiente donde las haya, sino al tesón y bondad de mi bendita Elisabeth, que ha estado conmigo tantos años, cuidando de mí y luchando por convertirme en otro hombre. Elisabeth... Es ella quien ha aplicado su amor y sensibilidad para dar forma a las palabras que le va dictando mi moribunda memoria.

A causa de mis crímenes y fechorías llegué a ser célebre muy joven, y alcancé la categoría de mito cuando, también a temprana edad, fui tiroteado, y teóricamente muerto, por un antiguo amigo reconvertido en agente de la ley, de nombre no menos legendario que el mío.

Con aquella supuesta muerte, de la que hoy, cuando dicto esta carta a mi amada Elisabeth, se cumplen setenta años, empieza mi verdadera historia, o debería decir mi otra historia, esa en la que tanto ha tenido y tiene que ver el silencio, que me persigue sin descanso, con mayor ahínco que aquellos agentes de la ley del pasado. ¿Puedo recriminárselo? No. Es el precio del crimen. El precio del mal.

Elisabeth me conoció cinco años después de "mi muerte", cuando, fugitivo de Nuevo México, había logrado alcanzar Nueva York con la esperanza de que en la gran ciudad nadie me reconocería. A mis veintiséis años, yo era ya un desecho humano, sin rumbo ni proyecto, solo y temeroso de la caída de la noche, que traía el sueño y con él las pesadillas, que habían empezado a manifestarse apenas me recuperé de aquel famoso disparo que pudo haber sido mortal. Con objeto de que nadie pudiera asociarme con el hombre que antaño fui, me alejé de las armas, y juro que jamás volví a empuñar un revólver. Tal decisión resultó un durísimo aprendizaje: un pistolero sin pistola no es nada, y cuando intenté buscar trabajo me arrepentí infinitas veces de no haber aprendido en mi turbulenta vida anterior otra habilidad que la del gatillo. No tuve más remedio que aceptar los peores empleos, aquellos que nadie quería. Luego, buscando olvidar mi realidad, invertía en licor barato los pocos centavos que había logrado reunir. Aquella espiral impulsada por demonios acabó por llevarme, moribundo, al hospital donde trabajaba mi ángel salvador: Elisabeth, una muchacha hermosa de buena familia, culta y sensible, interesada por los desvalidos hasta el punto de que servía voluntariamente en aquel hospital donde yacíamos aquellos a quienes no merecía la pena salvar. Se empeñó en sacarme a cualquier precio del infierno. ¿Qué la movilizó para ello? Jamás lo he sabido, jamás he dejado de dar gracias por ello. Ella, mientras mi cuerpo recuperaba la cordura, me enseñó a leer y escribir, insistiendo en que ese aprendizaje tantas veces despreciado por mí era el primer paso de la futura salvación.

Pero basta, no quiero detenerme más en la narración de la vida que desde aquellos días compartimos.  

Vayamos al silencio. El silencio se mueve, mister Pertierra, como ambos sabemos bien. Y habla, también habla. Pero probablemente usted no ha llegado a sospechar que, además, puede acechar como una fiera esperando el momento de atacar para, entonces, herir, rasgar la carne y el corazón, aniquilar el alma, matar...

El silencio, que había crecido dentro de mí como un invisible árbol venenoso, saltó sobre mí por primera vez una noche de 1897. No ha dejado de acosarme desde entonces.      

Un atroz estremecimiento extrañamente me despertó cuando se aproximaba el alba. Yo, empapado en un sudor gélido, veía a Elisabeth a mi lado, sacudiéndome por los hombros y gritando palabras que no me era posible oír. Pensé ingenuamente que me había quedado sordo, incapaz de imaginar que el silencio pudiera haber invadido mi vida. Y no había venido solo. Más allá del rostro desencajado de Elisabeth, que intentaba con desesperación retornarme a la realidad, había un hombre junto a la ventana. Inmóvil y callado, se sostenía en pie como si careciera de fuerzas, inclinado hacia la izquierda de forma antinatural. Dos huecos del tamaño de un puño destacaban en el centro de su pecho, rodeados de sangre seca que parecía negra: dos disparos. Toda su escasa energía parecía concentrada en el esfuerzo de mirarme sin pestañear, con los ojos muy abiertos. Lo reconocí: el primer hombre al que maté en mi otra vida. Me miró durante un tiempo que me pareció interminable y luego se fue igual que había venido. Entonces regresaron los sonidos. Escuché la voz de Elisabeth, pude reconocer y entender las palabras con las que intentaba hacerme retornar, tratar de saber qué ocurría: ella no había visto nada extraño. Ella no veía al hombre. Hube de contárselo yo.

No hallamos explicación a mi delirio, ¿cómo íbamos a hallarlo? Pero, por supuesto, ello no evitó que el muerto, sólidamente escoltado por el silencio, compareciera de nuevo una y otra vez, con una periodicidad que Elisabeth, más lúcida y analítica que yo, descubrió a las pocas semanas: mi primer muerto venía a visitarme los lunes. Solo los lunes. Los lunes al alba. Eso, insistió Elisabeth, tenía que conformar una clave. Y, como si poseyera la capacidad de leer en mi mente, me pidió con firmeza que le hablara de mi pasado, algo que solo había hecho hasta la fecha con divagaciones y mentiras, jamás con la verdad sobre la persona que una vez había sido. Le dije quien era, quien había sido... Elisabeth, al principio, no me creyó. Argumentó que estaba desquiciado, enfermo, loco. Incluso me mostró, como si eso pudiera rebatir mis palabras, una revista en la que se hablaba de mí, el pistolero muerto a tiros en 1881. Fue largo y trabajoso convencerla de que ese mito del Oeste era falso, que lo único real de toda la leyenda era yo, el desdichado tembloroso que tenía ante sí. Pero finalmente, Elisabeth lo aceptó, y, apenas lo hubo hecho, puso su mente a trabajar por amor a mí, como tantas veces hizo. Siempre que pienso en ello, no puedo por menos de repetirme emocionado la enorme, inmerecida suerte que tuve al hallar en mi camino a esta mujer, la mejor que ha pisado la tierra.

Pronto Elisabeth tuvo un plan para espantar al fantasma. Iba a resultarme duro y doloroso, advirtió, pero no había otro camino, y decidimos ponerlo en marcha el siguiente lunes.   

Al anochecer del domingo permanecimos en vigilia aguardando el alba. Con las primeras luces llegó puntual el silencio, cubriendo los sonidos a mi alrededor sin prisas, seguro de su poder invencible. Tomé la mano de Elisabeth. Su mano: el único punto que me anclaba a la realidad. Cuando ya no hubo sonidos, solo colores y formas, cuando se asentó la victoria sin paliativos del silencio, apareció el muerto; como siempre, junto a la ventana. Miré a Elisabeth, dubitativo y temeroso. Ella sonrió y me dedicó un tierno gesto de firmeza, animándome a actuar según sus instrucciones previas.   Solté su mano, tragué saliva, me puse en pie y fui hasta la ventana.      

El fantasma no se inmutó, pero tampoco apartó de mí su severa mirada. Incluso diría que, cuando estuve a unos centímetros de él, giró levemente el cuello para mantener fijos sobre mí sus ojos sin vida. Dediqué dos horas, tal vez tres, a dominar mi terror y mi repulsión. Él no pestañeó en todo ese tiempo. Una vez me hube tranquilizado intenté recordar al muerto. ¿Cuándo lo había matado? ¿Cuándo te maté? Aunque hubiera pronunciado la pregunta en voz alta no habría escuchado mi propia voz. Me hallaba sumergido en el silencio. Ese silencio, entendí con espanto, que constituía el único mundo del hombre asesinado por mí. Yo, al matarlo, le había arrebatado los sonidos. Esa comprensión hizo desaparecer inesperadamente al fantasma, y corrí a compartir con Elisabeth mi experiencia. Tal vez, aventuró ella, eso es lo que desea el muerto: que sepas cómo se siente, cómo se ha sentido por tu culpa durante todos los años que lleva muerto.

Esa fue mi tarea de los lunes que siguieron: tratar de recordar, tratar de averiguar en los ojos sin vida del fantasma quién era o, mejor, quién había sido hasta que se cruzó fatalmente conmigo, intentar imaginar cuántas cosas había dejado de vivir por mi causa.  

Exhausto por el esfuerzo y desolado por la verdad, logré establecer que se llamaba Otis, que la trifulca que se había saldado con la primera muesca de mi revólver, siendo yo casi un adolescente, tuvo lugar frente a una taberna al amanecer, de ahí que el fantasma compareciera a esa hora exacta, que Otis había bebido y yo también, que la causa de nuestra discusión fue nimia o absurda, que la furia y el fuego del alcohol guiaron mis actos y que estos, una vez concluidos, me hicieron sentir el orgullo de sentirme adulto, importante y todopoderoso, que festejé mi victoria con más alcohol y percibí admiración hacia mí en los muchachos de mi edad y miedo en los mayores de la localidad, que horas después el cadáver de Otis seguía tumbado sobre el polvo, con sus dos agujeros en el pecho, porque nadie osó tocarlo hasta que alguien, tímidamente, me pidió permiso para hacerlo, haciéndome sentir aún más importante, que esa noche y la siguiente no dormí de excitación, mirando cada poco el revólver con el que había matado por primera vez. Recordar estas imágenes me llevó ciento noventa y cuatro lunes. Elisabeth apuntó cada uno de ellos. Y necesité otros doscientos nueve lunes para fantasear sobre la que podría haber sido la vida posterior de Otis: ¿su boda? ¿Sus hijos? ¿Sus nietos? ¿Su casa? ¿Sus actos buenos o malos? El día que comprendí cuántas cosas pudo haber contenido el futuro que Otis no tuvo por mí, caí de rodillas ante él, desesperado, y supliqué su perdón. Ese día el fantasma se fue para no volver. Era el lunes cuatrocientos cuatro. Elisabeth dijo: has pagado tu pena o te ha perdonado, tal vez ambas cosas.

Aquel lunes fue el final y fue el principio. Meses después, Elisabeth y yo comíamos en casa, un apacible día de verano, cuando sentí de nuevo llegar al silencio. Esta vez, trajo consigo a un hombre viejo con la cara destrozada por un disparo a quemarropa. A pesar de no tener ojos, me miraba fijamente. Era mi segundo muerto, y con él hube de afrontar la misma terapia que con Otis. Supe ese día que mi vida no tendría reposo hasta que no obtuviera el perdón de todos mis muertos.   

Y así ha sido. El último perdón, el perdón final, lo obtuve el catorce de agosto de 1945, cuarenta y siete años después de haber iniciado el primero. Era el día en que Nueva York celebraba la rendición de Japón, el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al otro lado de mi ventana, la ciudad rugía de felicidad y alegría sin que yo escuchara un solo sonido. Dentro de casa, yo obtenía el perdón del último de mis muertos, que se fue por fin. Elisabeth y yo quedamos solos, exhaustos, cogidos de las manos. Poco a poco, el silencio se fue disolviendo a mi alrededor.   

Recuerdo que me asomé a la ventana. Recuerdo que los sonidos de la ciudad eufórica fueron poco a poco retornando. Recuerdo que Elisabeth y yo nos abrazamos y lloramos. Recuerdo que ella dijo: siempre puede alcanzarse la paz.  

Ignoro por qué he sentido la necesidad de relatarle mi historia, mister Pertierra. Solo sé que no he podido evitar hacerlo.  

Atentamente.
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