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III.- Horacio Corazón. Buenos Aires. 6 septiembre 1973
Me llamo Horacio Corazón, soy trompetista de jazz y esta noche moriré asesinado por la mujer que amo: así me lo ha advertido mi amigo el silencio, mi reciente amigo el silencio.
Creo que usted me escuchará, amigo Pertierra. Incluso puede que me entienda; aunque esto último me parece ya aspiración excesiva. No, basta con que me escuche igual que escucha al silencio.
¿Le gusta el cine, Pertierra? Perdone, voy a tutearle. Voy a tutearte, el usted me dificulta la escritura. Espero que no le importe, que no te importe. Preguntaba si te gusta el cine. Concretamente, el cine mudo. Aquel que, al no contar con el apoyo del sonido, tenía que expresarlo todo mediante la imagen. Para mí, eso ha sido, y es aún, el silencio: una película muda. La película de mi propia muerte.
Vivo desde hace cuatro meses en Buenos Aires, donde moriré esta noche, pero nací en Barcelona hace treinta y siete años. En Barcelona crecí, y en Barcelona aprendí a tocar la trompeta. Poco más necesito para resumir mi vida gris y aburrida, marcada para colmo por la pobreza. Hay algo peor que ser muy pobre, y es ser medianamente pobre. Un pobre muy pobre puede hallar en el odio a su propia pobreza impulso para medrar. Pero un pobre a medias, como era yo, va tirando sin altibajos, sin desesperación extrema pero también sin esperanza. Tocaba en un club de mala muerte, lo que me daba para pagar la pensión y comer al día siguiente. Una rutina terrible, similar en muchos aspectos a la cárcel. Yo quería huir, pero nunca lo hacía. Ahí me encontraba puntualmente cada noche, tocando la trompeta para comprar otras veinticuatro horas de negra supervivencia. Esa fue mi vida siempre y esa era mi vida hace cuatro meses, cuando Celia entró -¿casualmente?- en el club. No importan los detalles de nuestro enamoramiento repentino y brutal. Basta decir que ocurrió, y que se desarrolló con tal intensidad que tres días después acepté la propuesta de mi amada: irme con ella a su ciudad, Buenos Aires. Lo abandoné todo -que era nada- por esa locura irresistible.
Celia es una mujer muy rica, vive en un palacio de fantasía y toca admirablemente el piano, aunque lo hace en secreto y siempre a solas. Bastan estos datos para narrar mi historia hasta esta noche.
Nuestro amor físico, que exprimimos sin medida en todas y cada una de las dependencias del palacio, halló continuidad espiritual en la exaltación que sentíamos ante la música. A veces tocábamos juntos, a veces por separado. En este último caso yo, desde la habitación o mi estudio, me dejaba llevar por las notas que en el salón circular sacaba Celia al teclado; notas que hacía flotar mágicas y todopoderosas, imponiéndolas sobre el silencio. ¿Pudo ser que él, el silencio, se sintiera celoso? ¿Que a ello se debiera todo lo que pronto comenzó a acontecer? Por inverosímil que parezca, he llegado a pensar que fue así.
Un día en que se hallaba próxima la navidad, la primera que íbamos a pasar juntos, me hallaba relajadamente acostado sobre la enorme cama de nuestra habitación, contemplando con indolencia las paredes y el techo, ensimismado por el sonido lejano que emanaba del piano. Eran notas perfectas, con vida propia, notas de melancolía seductora que superaban el límite habitual. Fuera de esas notas, todo era silencio. Yo me dejaba embriagar por la música, meditando sobre cómo mi vida había girado de la oscuridad a la luz en apenas unas semanas, cuando, de repente, la cadenciosa página que Celia interpretaba se fue transformando, sorpresivamente, en una típica y sencilla canción navideña. Sonreí. ¿Era un mimoso regalo por las fechas que se aproximaban? Entonces, sin previo aviso, una guitarra eléctrica se unió con suavidad al piano. Imaginé que se trataría de algún amigo de Celia que había venido a visitarla, y acabé por ponerme en pie y descender las escaleras hacia el salón. Con cautela, para no molestar, abrí muy despacio la puerta. De cara al inmenso ventanal, desde el que la luz del sol invernal inundaba pletórica la estancia, se hallaba Celia concentrada sobre el teclado. Pero estaba sola. No se veía por ninguna parte al guitarrista cuyo instrumento, sin embargo, seguía sonando en e aire. Y no solo eso: la música navideña que mis oídos escuchaban era lenta y lánguida, sostenida apenas sobre un puñado de notas de cancioncilla infantil. Sin embargo, mis ojos veían a Celia -solo a Celia, a Celia sola- interpretando con vehemencia casi feroz una partitura virulenta y febril. Cerré la puerta, desconcertado, y regresé al dormitorio. Me sentía incapaz de hallar explicación al suceso y, a la vez, de negarlo: era evidente que había ocurrido ante mis ojos y oídos.
Por la noche, fui un extraño en brazos de la mujer que adoraba. Celia seguía siendo mi fuente de felicidad inabarcable, pero la escena de un rato antes la envolvía ahora en cierto halo de irrealidad no del todo tranquilizador. Era como si su cuerpo, tan deseado, estuviera envuelto en una finísima capa de frialdad invisible. La normalidad, no obstante, regresó a nuestras vidas... Pero solo durante tres días. La mañana del cuarto, mientras Celia tocaba de nuevo el piano y yo acometía por fin la tan largamente aplazada tarea de ordenar mis partituras, escuché de nuevo la guitarra. Entonces sentí -y aquí, Pertierra, empieza verdaderamente la parte de mi historia que te puede interesar- cómo el silencio saltaba sobre mí. No intentaré describir una sensación que conoces mejor que yo. Solo diré que, de forma inexplicable, supe que aquel repentino silencio, anómalo y denso, que invadió mi estudio estaba vivo. Se movía. Quería hablarme. Y lo hizo, aunque no con palabras. Rememorándolo después, establecí -y repito que soy consciente de la aparente inverosimilitud de cuanto escribo- que lo que hizo el silencio fue tomarme de la mano y tirar con suavidad de mí, sugiriéndome que lo acompañara.
Absurdamente, supe que debía descender por la escalera principal, atravesar las dependencias que conducían a la puerta del jardín y salir a él. Avancé sobre la hierba recién cortada, acompañado por la melodía del piano y la guitarra, que extrañamente no quedaban más atrás a cada paso que daba, sino que permanecían junto a mí, como si caminaran al lado del silencio que a todos nos guiaba. Pasamos junto a la piscina y caminé -caminamos- sin dudarlo hasta la pérgola situada unos metros más allá. En la parte posterior de su estructura se veía la tierra removida. Nunca habría reparado en ello de no haberme aproximado tanto. Luego, ante esa mínima discordancia en la serenidad absoluta reinante en el palacio de Celia, el silencio me dejó solo.
Al comienzo de aquella noche, el cuerpo de Celia reabsorbió, disolviéndolas, todas las turbulencias convocadas por mi paseo junto al silencio, pero cuando se durmió no pude evitar deslizarme fuera de la cama y dirigirme en la oscuridad, descalzo y sigiloso, hacia la pérgola. Palpé la tierra removida, la aparté primero con cautela y enseguida con ansiedad. A los pocos minutos toqué algo duro y entonces, empujado por el miedo, recurrí a la linterna que había llevado conmigo. Brilló bajo la tierra un destello azul. Comprobé que era el mástil de una guitarra eléctrica. En el acto, apresuradamente, volví a cubrirlo de tierra. Apagué la linterna, me alejé del lugar, regresé a la cama. ¿Qué más habría enterrado en ese lugar? Celia dormía. Su rostro y su respiración expresaban la paz más inmensa de la tierra.
¿Cómo investiga uno el pasado de la persona que ama, Pertierra? ¿Por dónde se empieza? Sin duda, lo primero es ser consciente, dolorosamente consciente, de que ya no se confía en esa persona. El blanco ya no es solo blanco. El negro ya no es solo negro. Porque, en realidad, ¿qué sabía yo de Celia? Solo que nos amábamos, que junto a ella me sentía feliz como nunca en mi vida. Bien: ¿es necesario saber más? Decidí que no. Decidí olvidar la guitarra eléctrica enterrada.
Pero al día siguiente, como si el silencio tuviera prisa por contarme algo, volví a escuchar una intromisión musical en la melodía que Celia tocaba al piano. En este caso se trataba de un saxo tenor. Tragué saliva, abrí la puerta del salón como ya había hecho días antes, aunque esta vez mi curiosidad estuviera presidida por el miedo. Allí estaba Celia... sola. Y, de nuevo, su gesticulación corporal era radicalmente opuesta a la música que, en el aire, desgranaban otro piano y un saxo tenor, ambos invisibles. Cerré la puerta. Regresé a la habitación. ¿Qué pretendía de mí el silencio, aprovechando los ratos que Celia tocaba a solas para asaltarme con esas fantasías tenebrosas?
Resuelto a oponerme a ellas, puse un disco en el equipo musical y, encasquetándome los auriculares en las orejas, subí el volumen al máximo. Pero el silencio, créeme, Pertierra, se coló bajo los auriculares y, literalmente, se impuso sobre la ruidosa música que reproducía el equipo. Tragué saliva. Me puse en pie. Quité el disco. Me rendí al silencio. Esta vez, me condujo, tras descender de nuevo las escaleras y atravesar el jardín, a la parte trasera de uno de los garajes del palacio. Allí, bajo unas cajas y lonas, había también una zona de tierra removida. Tras mirar hacia la casa y observar que Celia seguía ensimismada, tocando apasionadamente el piano, aparté la tierra a toda prisa, ansioso por comprobar que no había nada extraño y que todo, por tanto, tenía otra explicación. Pero allí estaba y allí surgió: un saxo tenor enterrado bajo tierra. Tampoco esta vez me atreví a seguir escarbando. Lo dejé todo como estaba y regresé a la casa. El corazón me latía con celeridad tal que cuando dos horas después Celia me abrazó hizo algún comentario al respecto. Yo la abracé también. Ella, que era mi felicidad y mi vida, era también mi desasosiego y mi miedo.
Esta mañana, la del 24 de diciembre, el silencio ha vuelto a tomarme de la mano. Hemos avanzado por el pasillo hacia la biblioteca. Al fondo, las notas del piano resonaban por la casa entera. Sin fantasmal acompañamiento musical alguno esta vez, Celia tocaba con inusual energía una poderosa partitura.
El silencio me ha llevado hasta la biblioteca, situándome ante la estantería dedicada a los cuentos para niños. Luego, suavemente, ha tomado mi mano. Sin saber cómo, he sabido que debía elegir dos tomos. Uno de cuentos de Charles Perrault, otro de cuentos de los hermanos Grimm. Lleno de miedo, los he llevado conmigo hasta el sillón junto a la ventana. He tomado entre mis manos el libro de Perrault, mis dedos lo han abierto al azar -¿al azar?- y me he hallado ante el cuento titulado Barba Azul, la historia del hombre que lleva a sus esposas a su maravilloso palacio y allí las asesina para enterrarlas luego. Luego, el azar -¿el azar?- me ha llevado a abrir el otro libro por el cuento llamado "Los músicos de Bremen". Ya sabes, Pertierra, ese grupo de animales viejos e inútiles, condenados a morir por sus amos, que deciden emprender una nueva vida como músicos en la ciudad soñada de Bremen.
¿Quiere el silencio salvarme la vida, sugiriendo mediante estos libros sacados de la biblioteca que el destino de mi trompeta es ser enterrado junto a la guitarra y el saxo? ¿Y los otros dos músicos? ¿Se hallan también bajo tierra, como acaso me hallaré yo?
Hoy, al amanecer, Celia me ha anunciado que esta noche será la Navidad más especial de mi vida. Yo le he sonreído, y le he respondido que estoy ansioso por vivirla, esta palabra he utilizado: vivirla...
Porque, ¿sabes, Pertierra? Tal vez la historia del silencio, este silencio celoso o salvador, quién sabe, sea cierta. Pero, de serlo, ¿qué podría hacer yo? ¿Buscar pruebas? ¿Denunciar a la policía a la mujer que me ha dado la felicidad? ¿Regresar al tugurio de Barcelona?
No.
Quiero vivir, de esto no me cabe duda. Pero, por encima de todo, quiero exprimir la plenitud que me da Celia. Tal vez esta velada tan especial sea la de mi propia muerte, así parece indicarlo todo. Pero la amo. ¿Qué puedo hacer si la amo?
Termino esta carta, la meto en el sobre, lo cierro y le pongo sello. Mañana saldrá hacia ti. Ahora, ante el espejo, me dispongo a anudar el lazo del smoking que Celia me ha regalado para la celebración de hoy. Ella toca a la puerta. La cena está lista. Yo miro a los ojos que me miran desde el espejo. Termino de colocar el lazo, sonrío y bajo a cenar.
(Nota de Joaquín Pertierra: intrigado por la historia, recurrí a un viejo amigo melómano de Barcelona. Le sonaba muy vagamente el tal Horacio Corazón; más, me dijo, por la peculiaridad de su apellido que por su talento como trompetista o su legado musical, pues no llegó a colaborar en ningún disco. Mi amigo indagó, y supo que un día de principios de los años setenta Horacio emigró a Argentina. Ahí se perdió todo rastro).
Creo que usted me escuchará, amigo Pertierra. Incluso puede que me entienda; aunque esto último me parece ya aspiración excesiva. No, basta con que me escuche igual que escucha al silencio.
¿Le gusta el cine, Pertierra? Perdone, voy a tutearle. Voy a tutearte, el usted me dificulta la escritura. Espero que no le importe, que no te importe. Preguntaba si te gusta el cine. Concretamente, el cine mudo. Aquel que, al no contar con el apoyo del sonido, tenía que expresarlo todo mediante la imagen. Para mí, eso ha sido, y es aún, el silencio: una película muda. La película de mi propia muerte.
Vivo desde hace cuatro meses en Buenos Aires, donde moriré esta noche, pero nací en Barcelona hace treinta y siete años. En Barcelona crecí, y en Barcelona aprendí a tocar la trompeta. Poco más necesito para resumir mi vida gris y aburrida, marcada para colmo por la pobreza. Hay algo peor que ser muy pobre, y es ser medianamente pobre. Un pobre muy pobre puede hallar en el odio a su propia pobreza impulso para medrar. Pero un pobre a medias, como era yo, va tirando sin altibajos, sin desesperación extrema pero también sin esperanza. Tocaba en un club de mala muerte, lo que me daba para pagar la pensión y comer al día siguiente. Una rutina terrible, similar en muchos aspectos a la cárcel. Yo quería huir, pero nunca lo hacía. Ahí me encontraba puntualmente cada noche, tocando la trompeta para comprar otras veinticuatro horas de negra supervivencia. Esa fue mi vida siempre y esa era mi vida hace cuatro meses, cuando Celia entró -¿casualmente?- en el club. No importan los detalles de nuestro enamoramiento repentino y brutal. Basta decir que ocurrió, y que se desarrolló con tal intensidad que tres días después acepté la propuesta de mi amada: irme con ella a su ciudad, Buenos Aires. Lo abandoné todo -que era nada- por esa locura irresistible.
Celia es una mujer muy rica, vive en un palacio de fantasía y toca admirablemente el piano, aunque lo hace en secreto y siempre a solas. Bastan estos datos para narrar mi historia hasta esta noche.
Nuestro amor físico, que exprimimos sin medida en todas y cada una de las dependencias del palacio, halló continuidad espiritual en la exaltación que sentíamos ante la música. A veces tocábamos juntos, a veces por separado. En este último caso yo, desde la habitación o mi estudio, me dejaba llevar por las notas que en el salón circular sacaba Celia al teclado; notas que hacía flotar mágicas y todopoderosas, imponiéndolas sobre el silencio. ¿Pudo ser que él, el silencio, se sintiera celoso? ¿Que a ello se debiera todo lo que pronto comenzó a acontecer? Por inverosímil que parezca, he llegado a pensar que fue así.
Un día en que se hallaba próxima la navidad, la primera que íbamos a pasar juntos, me hallaba relajadamente acostado sobre la enorme cama de nuestra habitación, contemplando con indolencia las paredes y el techo, ensimismado por el sonido lejano que emanaba del piano. Eran notas perfectas, con vida propia, notas de melancolía seductora que superaban el límite habitual. Fuera de esas notas, todo era silencio. Yo me dejaba embriagar por la música, meditando sobre cómo mi vida había girado de la oscuridad a la luz en apenas unas semanas, cuando, de repente, la cadenciosa página que Celia interpretaba se fue transformando, sorpresivamente, en una típica y sencilla canción navideña. Sonreí. ¿Era un mimoso regalo por las fechas que se aproximaban? Entonces, sin previo aviso, una guitarra eléctrica se unió con suavidad al piano. Imaginé que se trataría de algún amigo de Celia que había venido a visitarla, y acabé por ponerme en pie y descender las escaleras hacia el salón. Con cautela, para no molestar, abrí muy despacio la puerta. De cara al inmenso ventanal, desde el que la luz del sol invernal inundaba pletórica la estancia, se hallaba Celia concentrada sobre el teclado. Pero estaba sola. No se veía por ninguna parte al guitarrista cuyo instrumento, sin embargo, seguía sonando en e aire. Y no solo eso: la música navideña que mis oídos escuchaban era lenta y lánguida, sostenida apenas sobre un puñado de notas de cancioncilla infantil. Sin embargo, mis ojos veían a Celia -solo a Celia, a Celia sola- interpretando con vehemencia casi feroz una partitura virulenta y febril. Cerré la puerta, desconcertado, y regresé al dormitorio. Me sentía incapaz de hallar explicación al suceso y, a la vez, de negarlo: era evidente que había ocurrido ante mis ojos y oídos.
Por la noche, fui un extraño en brazos de la mujer que adoraba. Celia seguía siendo mi fuente de felicidad inabarcable, pero la escena de un rato antes la envolvía ahora en cierto halo de irrealidad no del todo tranquilizador. Era como si su cuerpo, tan deseado, estuviera envuelto en una finísima capa de frialdad invisible. La normalidad, no obstante, regresó a nuestras vidas... Pero solo durante tres días. La mañana del cuarto, mientras Celia tocaba de nuevo el piano y yo acometía por fin la tan largamente aplazada tarea de ordenar mis partituras, escuché de nuevo la guitarra. Entonces sentí -y aquí, Pertierra, empieza verdaderamente la parte de mi historia que te puede interesar- cómo el silencio saltaba sobre mí. No intentaré describir una sensación que conoces mejor que yo. Solo diré que, de forma inexplicable, supe que aquel repentino silencio, anómalo y denso, que invadió mi estudio estaba vivo. Se movía. Quería hablarme. Y lo hizo, aunque no con palabras. Rememorándolo después, establecí -y repito que soy consciente de la aparente inverosimilitud de cuanto escribo- que lo que hizo el silencio fue tomarme de la mano y tirar con suavidad de mí, sugiriéndome que lo acompañara.
Absurdamente, supe que debía descender por la escalera principal, atravesar las dependencias que conducían a la puerta del jardín y salir a él. Avancé sobre la hierba recién cortada, acompañado por la melodía del piano y la guitarra, que extrañamente no quedaban más atrás a cada paso que daba, sino que permanecían junto a mí, como si caminaran al lado del silencio que a todos nos guiaba. Pasamos junto a la piscina y caminé -caminamos- sin dudarlo hasta la pérgola situada unos metros más allá. En la parte posterior de su estructura se veía la tierra removida. Nunca habría reparado en ello de no haberme aproximado tanto. Luego, ante esa mínima discordancia en la serenidad absoluta reinante en el palacio de Celia, el silencio me dejó solo.
Al comienzo de aquella noche, el cuerpo de Celia reabsorbió, disolviéndolas, todas las turbulencias convocadas por mi paseo junto al silencio, pero cuando se durmió no pude evitar deslizarme fuera de la cama y dirigirme en la oscuridad, descalzo y sigiloso, hacia la pérgola. Palpé la tierra removida, la aparté primero con cautela y enseguida con ansiedad. A los pocos minutos toqué algo duro y entonces, empujado por el miedo, recurrí a la linterna que había llevado conmigo. Brilló bajo la tierra un destello azul. Comprobé que era el mástil de una guitarra eléctrica. En el acto, apresuradamente, volví a cubrirlo de tierra. Apagué la linterna, me alejé del lugar, regresé a la cama. ¿Qué más habría enterrado en ese lugar? Celia dormía. Su rostro y su respiración expresaban la paz más inmensa de la tierra.
¿Cómo investiga uno el pasado de la persona que ama, Pertierra? ¿Por dónde se empieza? Sin duda, lo primero es ser consciente, dolorosamente consciente, de que ya no se confía en esa persona. El blanco ya no es solo blanco. El negro ya no es solo negro. Porque, en realidad, ¿qué sabía yo de Celia? Solo que nos amábamos, que junto a ella me sentía feliz como nunca en mi vida. Bien: ¿es necesario saber más? Decidí que no. Decidí olvidar la guitarra eléctrica enterrada.
Pero al día siguiente, como si el silencio tuviera prisa por contarme algo, volví a escuchar una intromisión musical en la melodía que Celia tocaba al piano. En este caso se trataba de un saxo tenor. Tragué saliva, abrí la puerta del salón como ya había hecho días antes, aunque esta vez mi curiosidad estuviera presidida por el miedo. Allí estaba Celia... sola. Y, de nuevo, su gesticulación corporal era radicalmente opuesta a la música que, en el aire, desgranaban otro piano y un saxo tenor, ambos invisibles. Cerré la puerta. Regresé a la habitación. ¿Qué pretendía de mí el silencio, aprovechando los ratos que Celia tocaba a solas para asaltarme con esas fantasías tenebrosas?
Resuelto a oponerme a ellas, puse un disco en el equipo musical y, encasquetándome los auriculares en las orejas, subí el volumen al máximo. Pero el silencio, créeme, Pertierra, se coló bajo los auriculares y, literalmente, se impuso sobre la ruidosa música que reproducía el equipo. Tragué saliva. Me puse en pie. Quité el disco. Me rendí al silencio. Esta vez, me condujo, tras descender de nuevo las escaleras y atravesar el jardín, a la parte trasera de uno de los garajes del palacio. Allí, bajo unas cajas y lonas, había también una zona de tierra removida. Tras mirar hacia la casa y observar que Celia seguía ensimismada, tocando apasionadamente el piano, aparté la tierra a toda prisa, ansioso por comprobar que no había nada extraño y que todo, por tanto, tenía otra explicación. Pero allí estaba y allí surgió: un saxo tenor enterrado bajo tierra. Tampoco esta vez me atreví a seguir escarbando. Lo dejé todo como estaba y regresé a la casa. El corazón me latía con celeridad tal que cuando dos horas después Celia me abrazó hizo algún comentario al respecto. Yo la abracé también. Ella, que era mi felicidad y mi vida, era también mi desasosiego y mi miedo.
Esta mañana, la del 24 de diciembre, el silencio ha vuelto a tomarme de la mano. Hemos avanzado por el pasillo hacia la biblioteca. Al fondo, las notas del piano resonaban por la casa entera. Sin fantasmal acompañamiento musical alguno esta vez, Celia tocaba con inusual energía una poderosa partitura.
El silencio me ha llevado hasta la biblioteca, situándome ante la estantería dedicada a los cuentos para niños. Luego, suavemente, ha tomado mi mano. Sin saber cómo, he sabido que debía elegir dos tomos. Uno de cuentos de Charles Perrault, otro de cuentos de los hermanos Grimm. Lleno de miedo, los he llevado conmigo hasta el sillón junto a la ventana. He tomado entre mis manos el libro de Perrault, mis dedos lo han abierto al azar -¿al azar?- y me he hallado ante el cuento titulado Barba Azul, la historia del hombre que lleva a sus esposas a su maravilloso palacio y allí las asesina para enterrarlas luego. Luego, el azar -¿el azar?- me ha llevado a abrir el otro libro por el cuento llamado "Los músicos de Bremen". Ya sabes, Pertierra, ese grupo de animales viejos e inútiles, condenados a morir por sus amos, que deciden emprender una nueva vida como músicos en la ciudad soñada de Bremen.
¿Quiere el silencio salvarme la vida, sugiriendo mediante estos libros sacados de la biblioteca que el destino de mi trompeta es ser enterrado junto a la guitarra y el saxo? ¿Y los otros dos músicos? ¿Se hallan también bajo tierra, como acaso me hallaré yo?
Hoy, al amanecer, Celia me ha anunciado que esta noche será la Navidad más especial de mi vida. Yo le he sonreído, y le he respondido que estoy ansioso por vivirla, esta palabra he utilizado: vivirla...
Porque, ¿sabes, Pertierra? Tal vez la historia del silencio, este silencio celoso o salvador, quién sabe, sea cierta. Pero, de serlo, ¿qué podría hacer yo? ¿Buscar pruebas? ¿Denunciar a la policía a la mujer que me ha dado la felicidad? ¿Regresar al tugurio de Barcelona?
No.
Quiero vivir, de esto no me cabe duda. Pero, por encima de todo, quiero exprimir la plenitud que me da Celia. Tal vez esta velada tan especial sea la de mi propia muerte, así parece indicarlo todo. Pero la amo. ¿Qué puedo hacer si la amo?
Termino esta carta, la meto en el sobre, lo cierro y le pongo sello. Mañana saldrá hacia ti. Ahora, ante el espejo, me dispongo a anudar el lazo del smoking que Celia me ha regalado para la celebración de hoy. Ella toca a la puerta. La cena está lista. Yo miro a los ojos que me miran desde el espejo. Termino de colocar el lazo, sonrío y bajo a cenar.
(Nota de Joaquín Pertierra: intrigado por la historia, recurrí a un viejo amigo melómano de Barcelona. Le sonaba muy vagamente el tal Horacio Corazón; más, me dijo, por la peculiaridad de su apellido que por su talento como trompetista o su legado musical, pues no llegó a colaborar en ningún disco. Mi amigo indagó, y supo que un día de principios de los años setenta Horacio emigró a Argentina. Ahí se perdió todo rastro).