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V.- Juan Pertierra, Casa Vieja de Piedra. 13 de julio de 1984
(Nota de Joaquín Pertierra: la persona que redactó esta carta es mi propio hijo. O sea, que no hace falta que diga la ilusión que me hizo. Tiene gracia, la mandó desde la Casa Vieja de Piedra, desde el mismo lugar al que me la trajo el cartero una semana después. Cierro con ella esta muestra de las muchas cartas que a lo largo de los años me han remitido los escuchadores del silencio, y lo hago a lo mejor sin rigor. Solo porque quiero.  Gracias, hijo, por haberla escrito).

Hola, papá:

No me voy a alargar mucho.

Solo quiero decirte que el Viaje en el Tiempo que organizaste para mí (en concreto, viaje al 2 de mayo de 1808) me ha dado mucha fama en clase. Después de las navidades organicé la misma expedición para algunos de mis compañeros, y el éxito fue tal que me pidieron que lo contase para la revista del instituto. Como es lo primero que escribo en mi vida (pero espero que no sea lo último), te lo dedico a ti. Está hecho como si fuese un relato al que le he añadido unas fotos, y nosotros dos salimos como personajes. Dice así:

–Un cuadro es el corazón del pintor hecho trazos de color, su silencio ensimismado mientras pinta, dando desgarrada voz al grito interior.   

Casi logro aún ver a mi padre pronunciando apasionadamente estas palabras.  

Con ellas me apremiaba ante la entrada del Museo Municipal de Madrid, una gélida mañana de diciembre en que amenazaba nieve. Según él, no podíamos dejar pasar la extraordinaria oportunidad: un amigo suyo estaba haciendo un reportaje fotográfico en el interior, y ese día, con el museo vacío, era la ocasión para que yo, que ya iba siendo mayorcito, aprendiera a escuchar lo que mi padre llamaba "el silencio de los cuadros". A la misma hora un grupo de amigos iban a reunirse para ver en vídeo Terminator, la película de Schawzenegger que se acababa de estrenar en Estados Unidos, y que el padre de uno de mis amigos había traído en VHS de Nueva York.   

–Tranquilo –dijo mi padre como si hubiera leído mis negativos pensamientos–. No te aburras todavía, que el museo es solo una puerta para entrar a otro sitio.   

Y como si el sentido de sus palabras fuera literal, se detuvo bajo el dintel de una puerta amplia y alta, con los batientes completamente abiertos hacia el interior.

–Solo te pido que te asomes a esta habitación y mires el cuadro que hay dentro durante exactamente tres segundos. Tres segundos contados, solo eso, uno, dos y tres. Luego ya nos podemos ir.   

–¿Solo eso? –quise asegurarme, esperanzado; con suerte, solo me perdería los títulos de crédito de Terminator. No perdí un segundo, me asomé al interior, dispuesto a contar velozmente, aunque manteniendo discretamente las formas. Lo hice, y  este es el cuadro ante el que me hallé:





















–¡Uno! ¡Dos! –disparé como una ametralladora, casi sin mirar a la pintura. Pero me detuve antes del tres, repentinamente desconcertado.  

Había esperado el típico cuadro religioso sin acción de ningún tipo, alguien con túnica mirando al cielo o un grupo de santos en la penumbra, o uno de esos con merienda campestre de tipos aburridos del pasado, con alguna barquita en el lago con enamorados cursis a bordo, y me sorprendió esta refriega en la que no costaba imaginar a Schwarzenegger venido del futuro para poner orden.      

–¡Tres! –acabó de contar mi padre por mí, y me tiró de la manga sacándome de la sala antes de que pudiera saciar mi curiosidad por la masacre–. Ya nos podemos ir.   

Camino de la salida, pensando que debía de tratarse de alguno de los juegos a los que recurría mi padre para mostrarme cosas a las que me resistía,  admití que me habría quedado unos segundos más contemplando el cuadro. Se me había quedado grabada la imagen del oficial arrodillado junto al cañón sable en mano. ¿Quién sería?  

Salimos a la calle Fuencarral, la cruzamos y descendimos hacia una plaza cercana. Aquel día aprendí que esa plaza era la del Dos de Mayo. Entre la hora temprana y el frío bajo cero se encontraba desierta, y en su centro se veía una estatua que representaba a dos hombres de piedra inmaculadamente blancos, como si hubiera caído sobre ellos toda la nieve reservada ese día a Madrid.






















–Estás justo en el mismo lugar donde tuvo lugar la batalla del cuadro –dijo mi padre, sorprendiéndome de nuevo-. ¿Qué te parece? Justo pisando el sitio donde el soldado de la espada que tanto te gustaba cayó acribillado.  

Pegué un bote, como si estuviera pisando el pie de un fantasma.   

¿Así que ahí, justo ahí, había muerto el hombre del sable?  

–¿Estás seguro? –repliqué–. ¿Aquí mismo? 

Por toda respuesta, mi padre sacó una postal que reproducía el cuadro, y que debía de haber conseguido en el mismo museo. Me la mostró, señalándome el recuadro que había enmarcado con un círculo rojo:














–¿Ves el arco de la puerta en el cuadro? Mira ahora esta –me pidió, señalando el arco de la puerta que permanecía en el centro de la plaza como un vestigio del pasado haciendo compañía a los dos hombres de piedra blanca.  

Tomé la postal, la alineé con la puerta real y comparé.


















Eran iguales.   

Así que era cierto... Allí estaba yo, pisándole el pie a un fantasma con sable, del que enseguida me contó mi padre que era uno de los héroes de la gesta madrileña del Dos de mayo: el capitán Luis Daoiz, que murió ese día de mayo de 1808 defendiendo la puerta del cuartel de Monteleón, mantenida desde entonces en pie, nada menos que dos siglos, en memoria del alzamiento del pueblo de Madrid contra los invasores franceses.  

No necesité más para interesarme por la historia y por el cuadro. Al llegar a casa me puse a estudiar sobre la postal con una lupa de aumento que tenía mi padre.    

Pero mirando una y otra vez la imagen no lograba aún comprender qué era eso del silencio del cuadro.  

–Elige cuatro personajes –me pidió entonces mi padre–. No vale Daoiz, que su historia ya la conoces. Deja que el azar elija por ti. Por ejemplo, olvídate del tema central y pasa la vista por los bordes del cuadro, y selecciona los personajes que te llamen la atención. Tómate todo el tiempo que necesites.  

Nada menos que tres horas dediqué a ello, ¡tres horas mirando un cuadro!Pero es que por culpa de la lupa todo se volvía más enigmático, cada detalle parecía importante y yo me preguntada la causa, y los personajes, aumentados de tamaño, parecían tener todos una historia que contar. Al final, y tras mucho pensarlo y descartar varias opciones, empecé por la derecha del cuadro y marqué con un círculo naranja a estos cuatro: 




















1.- En la esquina inferior derecha, el patriota madrileño de marrón que alza un fusil por el cañón.   
2.- El soldado muerto en el suelo, ¿francés, español? Tendría que mirar en algún libro de la época para reconocer el uniforme.   
3.- En la esquina inferior izquierda, la mujer agachada que forcejea con un enemigo.   
4.- Arriba, en el tejado, otro patriota con una especie de gorro napoleónico.

–¡Ya está! –resolví triunfal–. ¿Y ahora?  
–Ahora –me retó mi padre-, trata de averiguar la biografía de cada uno de ellos.  
–¡Eso es imposible! 
–¡Desde luego! Pero no te hace falta que sea la biografía verdadera. Puedes inventártela, imaginarla. Y tampoco hace falta que sea para hoy.  

Me tomé el encargo muy en serio, fue mi actividad más notable de aquellas vacaciones navideñas, pero al fin lo logré.  

Me organicé dedicando una mañana a cada personaje. Intentaba averiguar sobre ellos por sus ropas y por la expresión del rostro, y hacia la mitad de la sesión empezaba a elucubrar, inventándome sus biografías. Algunas ocupaban dos páginas.  

–¡Ya está! –las mostré orgulloso a mi padre. Era el séptimo día desde nuestra visita al museo.    
–¡Estupendo! –tomó los folios y los apartó a un lado sin echarles siquiera una mirada. Lo miré estupefacto.  
–¿No lo lees?  
–Sí, luego le echo un vistazo. Pero en realidad lo que pone en esas hojas da más o menos igual. Lo importante –y lo subrayó mirándome fijamente– es el tiempo que has pasado pensando ante el cuadro. Imagina ahora hacer lo mismo ante un lienzo en blanco. Imagina que eres el pintor, que por cierto en este caso se llamaba Manuel Castellano, y quieres crear un cuadro sobre esta batalla. Imagina las horas, o los días, o las semanas dedicados a la documentación sobre cómo fue la batalla y quienes la protagonizaron, decidiendo si quieres darle un tono heroico y rimbombante o quieres mostrar la verdad de la guerra y de la muerte, buscando la manera de que todo eso tenga dramatismo y emoción para un espectador del futuro, como en este caso has sido tú. Y luego de todo eso, imagina el instante en que te lanzas a manchar de color el pincel y saltas al abismo de apoyarlo por primera vez sobre la tela blanca. Todo ese tiempo es el silencio del cuadro. Si lo escuchas, sientes el corazón del pintor, aunque lleve siglos muerto.   

Y así fue como mi padre me enseñó a escuchar el silencio de un cuadro, pasando por encima de la última de Schawzenegger.
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